| DISCURSO CONMEMORACIÓN DEL IV CENTENARIO DE LA PRIMERA EDICIÓN DEL QUIJOTE CENTRO CULTURAL DE ESPAÑA
1.- Introducción Como ustedes saben, en junio de 2004, en el cuadro de la reunión de Consejo de Ministros de los países de lengua hispana celebrada en Madrid, se constituyó la “Comisión para la conmemoración del IV centenario de la publicación del Quijote”, comisión presidida por los reyes de España y en cuyo comité de Honor tengo el honor de participar. Por lo tanto, es en el cuadro de estas iniciativas del más alto prestigio que damos también inicio a estas actividades de hoy día, que esperamos sirvan para redescubrir una vez más la importancia que tiene la obra artística literaria más relevante de nuestra lengua y para constatar de nuevo como ella sigue interpelándonos con esa vigencia que no pierden jamás las obras en las que se plasma el espíritu de un pueblo. Este libro, como su protagonista, va al encuentro del lector, persigue el sueño, se impone ante la adversidad que nos señala que todavía no se ha leído suficientemente en nuestro país. Todavía estamos algo sordos a su mensaje, que si lo sabemos leer como corresponde, se dirige directamente a nuestro tiempo, y, a pesar de la indiferencia que algunos pudieran mostrar frente a él, también directamente a nosotros. Y digámoslo francamente, no solamente en Chile al Quijote se lo ha leído poco, sino lamentablemente en todos los países de habla hispana e incluso en España. Don Miguel de Unamuno, que no tenía pelos en la lengua, con su característica franqueza se quejada amargamente de este hecho diciendo: “puede asegurarse que España es uno de los países en que menos se lee el Quijote, y desde luego, es aquél en el que peor se le lee”. Así que por lo menos el nuestro es un pecado compartido. Pero lo que ocurre entre nosotros es que esta sordera no solo ocurre con el Quijote, sino con los libros, como lamentablemente lo demuestran los resultados de los diversos estudios relacionados con la vida cultural encargados por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes. Respondiendo a estos problemas, el Consejo, a través del Fondo Nacional del Libro y la Lectura, ha decidido realizar el programa especial de Promoción de la Lectura “Chile quiere leer en el año Iberoamericano de la Lectura”, programa que está teniendo lugar con la colaboración de instituciones públicas y privadas. El programa está estructurado en base a los “Quijotes de la lectura”, que es una actividad sociocultural destinada a capacitar 2000 monitores surgidos de instituciones que están insertas en la red social, para llevar adelante un programa de motivación de la lectura y del placer de leer a todas las regiones del país. Estos 2000 “Quijotes de la lectura” adquirirán una nueva competencia: la capacitación para promover la lectura entre las personas de menores recursos de todo el país y trabajarán vinculados a las bibliotecas públicas, que contarán con la magnífica edición del Quijote recientemente publicada por la Real Academia Española y por las Asociaciones de Academias de la Lengua Española. En efecto, el 23 de abril recién pasado, hicimos entrega de una donación de ejemplares suficientes para que cada una de las 411 bibliotecas públicas de Chile cuente con un ejemplar del Quijote. El Quijote es un libro esencial de nuestra cultura. Por ello, hemos celebrado el Día Mundial del Libro leyendo colectivamente esta obra frente al pórtico de la Biblioteca Nacional en una maratón de lectura encabezada por el propio Presidente de la República, y lo mismo hemos organizado en muchos lugares en todo Chile. En estas últimas semanas hemos organizado, en conjunto con la Academia Chilena de la lengua y otras instituciones universitarias, 4 lanzamientos de la última edición del Quijote, que han tenido lugar en Santiago, Valparaíso, Concepción y Antofagasta. De modo que estamos llevando a cabo iniciativas para elevar el nivel cultural de los chilenos y no pararemos de promoverlas, porque en ello vemos uno de los desafíos más determinantes para que el futuro de nuestro país no esté marcado solamente por logros en los índices económicos, sino para que a ellos se sumen también los avances educacionales y culturales. Todas estas actividades las hemos organizado siguiendo el ejemplo de de Don Alonso Quijano, buscando que todos nos concentremos en seguir leyendo por placer, alimentando nuestro imaginario, distanciándonos de nuestra realidad cotidiana para después volver a ella, más sabios y más felices, más creativos y más humanos, convirtiéndonos por algunos momentos en esos personajes que protagonizan nuestras lecturas y viviendo sus aventuras no solamente por el hecho de leer y de imaginar, sino además porque en ello se ponen en juego las claves de nuestra propia existencia y los caminos para comprender nuestra vida y nuestro mundo. Esa lectura es la que nos permite conservar la capacidad de asombro, de maravillarnos, de encontrarnos a nosotros mismos. De vivir la fantasía como una realidad necesaria de nuestra vida interior; y de conocer también la realidad de los hombres y de los pueblos —con sus penas y alegrías— para comprender y construir el mundo en que vivimos. Porque es un hecho que no basta leer. Además hay que saber leer bien y especialmente el Quijote. Vuelvo a citar a Unamuno refiriéndose a este problema: “Hay en efecto, quienes lo leen como por obligación o movidos por lo que de él se dice, más sin maldito el entusiasmo, y a lo sumo empeñándose en que les ha de gustar. Lo leen como leen muchos curas el Evangelio durante la misa: completamente distraídos, mascullando el latín y sin enterarse de lo que están leyendo”. A nosotros no nos puede pasar lo mismo, por eso, nuestra tarea es no solo aumentar los índices de lectura, sino además lograr que esta lectura sea inteligente y fructífera, que ahonde nuestra sabiduría y que nos sirva para ser mejores y más felices. Esa aventura que emprendió Don Quijote, luego de leer sus libros de caballería, fue para dejarnos con humor y profundidad toda la sabiduría de quienes legítimamente siguen el camino de sus sueños. Por eso, nadie como él para hablar de la fascinación de la lectura. En definitiva, las aventuras de Don Quijote son las aventuras de un lector: “…él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.” Que el Quijote ha sido un factor de expansión del gusto por la lectura es un hecho que no se puede discutir. Desde la primera edición del Quijote, publicada hace ya cuatrocientos años han sido innumerables las ediciones y versiones que se han hecho en diversos soportes, que incluyen su adaptación al teatro, la comedia musical, el cómic, el cine y los nuevos soportes que nos ofrecen las nuevas tecnologías. Hay, desde ya, magníficas páginas web, que nos muestran las innumerables miradas que ha concitado el Quijote en nuestro tiempo: 396.000 menciones del Quijote en el buscador Google y 1.300.000 menciones a Miguel de Cervantes. Es decir, el Quijote es parte de nuestro imaginario colectivo en cuanto ícono –como lo es su leal escudero Sancho Panza- y en cuanto referencia lingüística que crea y reproduce cultura, aportando a las gentes de Hispanoamérica evidentes señas de identidad. 2.- Importancia de nuestra lengua. El Quijote
como factor de identidad. En segundo lugar, el Quijote en cuanto cumbre de la expresión de nuestra lengua es un factor de unidad cultural de primer orden. El que hablemos la lengua castellana nos liga de un modo esencial con todos los demás pueblos que la hablan y en particular con España, cuna de nuestra cultura y lugar donde se afirman la mayor parte de nuestras raíces culturales. Nuestros lazos con España sufrieron una distorsión debido a las luchas independentistas de comienzos del siglo XIX. Nuestros antepasados liberales confundieron la reivindicación de la independencia política con luchas ideológicas y culturales que nos alejaron de España. Por supuesto, este alejamiento no podía ser ni tan cierto ni tan definitivo, pero de hecho creó una cierta confusión, encubriendo las bases mismas de nuestra identidad más definitiva. Así, aprendimos a ver a España como un país extraño, alejado de nosotros por una distancia que ya no era solamente física, sino también espiritual. Se nos olvidó que habíamos sido españoles durante siglos y comenzamos a pensar equivocadamente nuestra identidad como pueblo en evitamiento o en confrontación con España y no en armonía con ella, con sus tradiciones, con su historia, y con su cultura. Esta es quizás una de las causas de mayor confusión histórica y que tiene consecuencias graves en el momento en que nos hemos preguntado qué somos y de donde venimos, tratando de encontrar inútiles respuestas lejos del influjo cultural de la madre patria. Esa distancia se ve disuelta cuando volvemos nuestra mirada hacia nuestra lengua, que no solamente nos hermana con España, sino también con todos los demás países hispanoamericanos. Sin desconocer nuestras particularidades, nos descubrimos entonces como una potente comunidad cultural, uno de cuyos hitos fundamentales es precisamente la obra de Cervantes y en especial el Quijote. En tercer lugar, el Quijote es una síntesis del espíritu hispánico en un momento de primera importancia para nosotros. El Quijote es una de esas obras en las que se decanta en un cierto momento de la historia de un pueblo, la unidad de su destino y de su realidad. A fines del siglo XVI España había llegado a expandir su imperio hacia todas las latitudes del planeta, pero, al mismo tiempo, las campañas de Flandes y la desastrosa experiencia de la Invencible Armada habían dado las primeras señales de su decadencia. El gran Imperio que había construido Carlos V comenzaba a desmoronarse. La grandeza de España comenzaba a confrontarse con realidades menos alentadoras. El Quijote es hijo de esta situación ambigua en la que se confrontan las apariencias con las realidades, las ambiciones con los desengaños y los entusiasmos con el pesimismo. Ese es quizás el más profundo origen de la ironía de Cervantes en la que encontramos caricaturizada la exaltación heroica, pero sin renunciar a la búsqueda de un escape hacia el ideal. En un mundo que ya no podía seguir con los mismos sueños de grandeza que lo animaron en el pasado - porque las derrotas lo habían devuelto a la realidad - se imponía volver al sabio escepticismo y a la serenidad propia de las épocas que han vivido graves desmoronamientos y desastres históricos. Cervantes vivió en carne y hueso todos estos avatares históricos, desde el entusiasmo por el triunfo en la batalla de Lepanto a bordo de la Galera “Marquesa”, donde fue herido en el pecho y en el brazo izquierdo, hasta la derrota de la Invencible Armada en la que si bien no participó directamente, recaudó fondos para su financiamiento y siguió sus pormenores como todos los demás españoles de su tiempo. En algún sentido, y guardando las diferencias del caso, nosotros mismos hemos pasado por situaciones similares, por lo cual, el mensaje cervantino se nos hace más fácil de comprender: durante todos estos últimos años hemos intentado volver a recuperarnos tras los duros tiempos por los que pasamos en las últimas décadas. Las grandes esperanzas que se vinieron abajo tras el golpe militar nos han hecho ser más cautos y más desconfiados de nuestros propios sueños. Por eso, el Quijote, que es una obra nacida de este espíritu de serenidad e ironía frente a las grandes gestas de la historia nos habla a nosotros más directamente que nunca y nos convoca a reconciliarnos con nuestra verdadera realidad y a ubicar nuestros anhelos en ella, para no ser víctimas del influjo destructor que a veces se oculta en nuestras propias utopías. Así, el Quijote es también, entre muchas otras cosas, un llamado a precavernos de los peligros de la fantasía, una invitación a ir para volver, no para quedarse. No se trata de que a nosotros como a él, también se nos “seque el celebro”, como dice Cervantes. La lectura debe servir para comprender mejor nuestra realidad y para afincarnos en nuestro mundo. Está bien volverse loco por un momento, siempre que recuperemos la cordura y emprendamos nuestra vida con las nuevas fuerzas que nos dan los propios sueños. Entonces, como el Quijote, es justo que en una cierta medida cuando leamos perdamos el juicio y sigamos ese camino de nuestros sueños. No será peligroso, porque –al fin y al cabo- cada uno de nosotros también tiene algo de Sancho que nos devolverá la cordura que nos conecta con la realidad. Lo que mueve, pero también lo que pierde a los hombres son los sueños. El sueño del Quijote es la caballería, el sueño de Sancho es la ínsula que el Quijote le ha prometido. A los dos les ha picado el aguijón de la ambición, al Quijote el de la fama y a Sancho el de la codicia. Ambos son igualmente locos. Aunque los sueños de Sancho sean más prosaicos, son sueños igual. Tenemos que aprender a manejar nuestros sueños para que no nos destruyan, a ubicarlos en nuestro mundo para potenciar nuestros poderes creativos. El Quijote, al mismo tiempo que nos despierta el interés por la lectura, es una advertencia para que no antepongamos los libros a la realidad, para que no renunciemos a la realidad por amor a la literatura, para que sepamos ir hacia la vida y aceptarla sin subterfugios, para que nuestras utopías no nos hagan daño. En este sentido, es un alegato en contra de todo fanatismo, en contra de toda ilusión que nos ciegue, un discurso en favor de la libertad. Entregarse a la fantasía, pero no sustituir la literatura a la vida. Frente a la disyuntiva de elegir a una o a otra, elegir resueltamente la vida. Se trata de que aprendamos este realismo, que es uno de los valores fundamentales de nuestra herencia hispánica. Esta obra, surgida en el mismo momento en que se expandía el proceso de colonización española en América, une hoy día a todos los pueblos hispanoamericanos y les entrega un suelo a partir del cual construir su futuro. En el Quijote, Cervantes se esmeró en reproducir fielmente la lengua de su pueblo, esa lengua llena de giros ingeniosos y comparaciones divertidas, de refranes y de frases hechas que caracterizan el hablar de Sancho Panza, y que era el que a fines del siglo XVI hablaban los campesinos, cabreros, venteros, criados, mujerzuelas de mala vida, galeotes y rufianes que aparecen en la obra. Es esa lengua ruda, pero imaginativa, que a Cervantes tanto le interesó, la misma que trajeron los conquistadores a América y la que formó sin lugar a dudas la raíz de nuestras lenguas actuales. El hablar culto y literario del caballero no tuvo tantas consecuencias como el hablar colorido de su escudero, pues como lo afirma Martín de Riquer en su Prólogo a la última edición de esta obra, “Sancho habla con rústica propiedad y da muestras de conservar el tesoro del lenguaje y de la experiencia populares o tradicionales”. Por eso, podemos decir que el Quijote es para nosotros especialmente importante: en él encontramos un testimonio directo de nuestra habla vernacular, que en su posterior desarrollo generó muchas variantes, algunas más cultas y otras más populares, pero todas conformando nuestra actual manera de hablar el castellano, y todas igualmente enraizadas en la lengua de Cervantes. Así, el Quijote ha pasado a ser un hito cultural de primer orden, en primer lugar para todos los que hablamos castellano, pero, además, por contener en su centro todos los valores humanistas y una simbología de la vida y la condición humana, también para todos los seres humanos sin más. Como tan bien lo dice Unamuno: “Desde que el Quijote apareció impreso y a la disposición de quién lo tomara en mano y lo leyese, el Quijote no es de Cervantes, sino de todos los que lo lean y lo sientan. Cervantes sacó a Don Quijote del alma de su pueblo y del alma de la humanidad toda, y en su inmortal libro se lo devolvió a su pueblo y a toda la humanidad”. Por esto, este libro ha atravesado los siglos sin
haber perdido ni un ápice de su validez y actualidad. Como
dice Unamuno “El genio es, en efecto, el que en pura personalidad
se impersonaliza, el que llega a ser voz de un pueblo, el que acierta
a decir lo que piensan todos sin haber acertado a decirlo los que
lo piensan. El genio es un pueblo individualizado”. Y esto es
lo mismo que dice nuestro poeta Nicanor Parra cuando define al poeta
como el que lleva la voz de su tribu. Por eso, en la novela, en el
poema, en el cuadro, en la canción, en la sinfonía,
en el film, quedan expresadas las visiones, pasiones y sentimientos
de un pueblo, los paisajes, las costumbres, y las maneras particulares
de enfrentar su vida. Los artistas, a través de sus obras,
como en un espejo, nos van mostrando cómo somos, dónde
estamos, de qué vivimos, qué nos importa, qué
veneramos, qué despreciamos, hacia dónde nos dirigimos.
Así, la cultura, en este sentido artístico, tal como
nos lo muestra la obra de Cervantes, es uno de los elementos constantemente
fundadores de nuestra identidad y esa es la razón fundamental
que explica por qué la cultura necesariamente nos une, teje
ese lazo invisible entre nosotros que hace que la palabra que nombra
nuestro mundo tenga un sentido y una significación precisa,
no en nuestra cabeza, pero sí en nuestro corazón. Esa
secreta magia del arte es la que ha tenido lugar en el Quijote, obra
que nos habla desde ese vértice histórico que fue el
primer siglo de la colonización y que nos unió para
siempre en una comunidad de pueblos que podrán discutir sobre
cual se acerca más al Quijote o cual se acerca más a
Sancho, pero en la que todos encuentran su identidad primigenia en
la obra de Cervantes. Y por eso América también está presente en la obra de Cervantes. Es verdad, sin embargo, que la mayoría de las alusiones que hace el escritor a nuestro continente se refieren a México y Perú, lugares que todavía en esa época evocaban tesoros fabulosos y aventuras fantásticas. Los españoles de esos tiempos soñaban con América como un lugar de donde podían volver a España cubiertos de fama y de riqueza. A pesar de ello, Chile, o lo que fuera entonces eso que más adelante sería llamado “Chile”, no deja de ser mencionado a través del recuerdo que de estas tierras dejaron los poetas que en esos años pasaron por ella y que Cervantes leyó con gran interés. Ya es significativo que en el esmerado escrutinio que el cura y el barbero hacen de la biblioteca de Don Quijote aparezcan de pronto tres libros de carácter épico, uno de los cuales es “La Araucana” de Alonso de Ercilla. Y el cura lo salva del fuego con un comentario que sin duda representa lo que el mismo Cervantes pensaba de ellos. “Todos esos tres libros – dijo el cura – son los mejores que en verso heroico en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España”. Y en otra obra suya, el “Canto de Calíope”, insertado en el libro VI de “La Galatea” - que fue su primera obra importante publicada, y en la que hace una suerte de balance de la literatura de su tiempo nombrando a 100 escritores de diversos géneros - después de mencionar a Don Alonso de Leiva, un poeta y soldado amigo que había conocido en Italia, se refiere directamente a Ercilla, a quién había conocido en la campaña de Portugal y que consideraba un admirado amigo. “Otro
del mismo nombre, que de Arauco En este “remoto mundo” que es Chile muchos especialistas se han dedicado a la interpretación del Quijote y han escrito muchas páginas sabias y documentadas sobre la obra. José Toribio Medina, Roque Esteban Scarpa, Juan Uribe Echeverría y hasta Jaime Eyzaguirre, que con mucha agudeza ha escrito un trabajo muy sugerente sobre el dolor en Don Quijote. En el siglo XIX, el dramaturgo Antonio Espiñeira escribió dos obras de teatro relativas a Cervantes: “Cervantes en Argel” y “Chincol en sartén”, que tuvieron gran difusión en su época. Sin embargo, quienes más le deben, nuestros poetas, han sido los menos justos en pagar su deuda con Cervantes. Neruda apenas lo nombra, aunque valora la fuerza transparente y directa de su lenguaje y se lamenta de que la poesía española después de él haya caído en el preciosismo: “El idioma español se hizo dorado después de Cervantes, adquirió una elegancia cortesana, perdió la fuerza salvaje que traía de Gonzalo de Berceo, del Arcipreste, perdió la pasión genital que aún ardía en Quevedo”. Gabriela Mistral, por su parte, a pesar de que el característico arcaísmo de su sorprendente palabra no tiene otro origen que el idioma del Quijote, tampoco lo recuerda debidamente. Y Nicanor Parra, a pesar de que su espíritu irónico y a veces hasta sarcástico, aunque sin dejar nunca de ser coloquial y popular, no puede ser más cervantino, tampoco le ha hecho justicia en sus poemas. Su homenaje ha sido a través de su vena plástica, pues la mayor parte de sus “tablitas” exhibidas en 2001 en su exposición de “Trabajos Prácticos” tienen como tema al Quijote y a Sancho. Y esta alusión a la plástica nos recuerda de inmediato que uno de los chilenos que con mayor atención leyó el Quijote fue Matta, quien ilustró el libro escena por escena, trabajando intensamente durante casi nueve años, desde 1980 hasta 1990. Observando sus grabados uno puede decir que Matta se “enquijotó” en sentido inverso al del personaje de Cervantes. En vez de que el libro lo hubiese sacado de la realidad para envolverlo en las peligrosas redes de una desbordante fantasía, Matta lo que hizo fue volver desde el libro a la realidad, e interpretar cada escena y cada personaje desde el mundo en que vivimos y su problemática más urgente. Por eso, su obra, más que una simple lectura ilustrativa, es una lección a sacar para la vida presente. En uno de sus escritos sobre el Quijote afirma con su característica vena humorística: “El Quijote vive rodeado de libros y esto es como si un tipo de nuestra época se pusiera a vivir dentro de films de cow boys, soñando que la mejor cosa del mundo es Hollywood, es decir, tener un caballo, dos revólveres y ser John Wayne. Él se convence de que es John Wayne y se compra unas cacerolas, se las pone en la cabeza y sale a caballo a ser John Wayne. Por eso, yo creo que lo importante en esta historia es que ella busca tratar de sacar a la gente de las ilusiones de Hollywood, que es la peste de mi generación.” Pero en realidad, lo que más lo apasionaba en esta obra es el tema de la justicia, que él veía como el nudo mismo que organizaba este libro. En sus escritos sobre la obra dice: “El Quijote parte con la idea de que es él quien debe dar justicia, es un loco de la justicia, pero poco a poco empieza a darse cuenta de que no hay justicia en el amor y de que, a pesar de ello, es a través del amor y de la comprensión que los problemas humanos pueden resolverse. Al final, se da cuenta de que hay que razonar y de que las cosas no se resuelven necesariamente a punta de apaleos y lanzazos”. Y es que la justicia es hermana de la libertad. La libertad es para la justicia y la justicia por su parte es para la libertad. Ninguna sola, ninguna sin la otra. Don Quijote sale a hacer justicia y de fracaso en fracaso descubre la necesaria unidad que debe haber entre su idealismo y la libertad. Por eso, Matta termina diciendo: “Lo que descubre Cervantes es que la vida necesita de nuestro idealismo porque el idealismo de la vida necesita reaparecer cada vez de nuevo en un mundo de amenazas, de provocaciones, de temores, de divisiones y de explosiones atómicas. Idealizar la vida para que se encienda la luz de la alborada de la justicia es el rol de toda poesía responsable”. Así, Matta hace una valoración equilibrada entre la necesidad de locura y la necesidad de cordura. Necesitamos de ambas, tal como lo señala Cervantes en su libro. Quijote sin Sancho no es más que un pobre viejo loco, Sancho sin Quijote es un rudo campesino aprisionado en su ignorancia. Pero la unidad de ambos, que es el centro mismo de la obra es como la unión de dos cables eléctricos de la que no paran de saltar chispas de inteligencia, de imaginación y de verdad. Ya lo hemos dicho: necesitamos del sueño, así como necesitamos de la vuelta a la realidad. Ninguno de estos dos aspectos tiene sentido sin el otro y ambos en su unidad le dan a nuestra vida la fuerza para seguir avanzando hacia nuevos derroteros y la potencia para que lo que vamos construyendo se asiente con la solidez de una construcción permanente. Por eso, al final del libro, Don Quijote derrotado asume su locura. Dice “yo fui loco, yo ya soy cuerdo”. Esto significa que ha sido capaz de asumir su locura y volver honestamente a su realidad. Ya moribundo, después de un largo sueño reparador en el momento en que recupera la razón dice: “Yo tengo juicio ya libre y claro sin las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de caballerías”. Esto se lo dice a su sobrina que lo ha estado cuidando. Y extrañamente el que recibe la noticia de su mejoría con mayor dolor es Sancho Panza, que de acuerdo con lo que Cervantes cuenta, se ha contagiado definitivamente con la locura de su caballero. “¡Ay! – respondió Sancho llorando – No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizás tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana”. O sea, se produce simultáneamente la inversión de la locura y la inversión de la cordura, y así como Quijote se ha vuelto cuerdo, ahora es Sancho el que invita a Don Quijote a salir de nuevo a correr las aventuras de la locura. Esta constante relación de circularidad entre locura y cordura, entre sueño y realidad, entre fantasía y terrenalidad, es la más perfecta imagen de la vida humana que se podría entregar a través de una obra literaria y, por eso, el Quijote ha atravesado los siglos pasados así como se dispone a atravesar los siglos venideros, con su eterna verdad a cuestas. Ortega y Gasset sabía muy bien lo que decía cuando escribió que “no existe libro alguno cuyo poder de alusiones simbólicas al sentido universal de la vida sea tan grande”. Y es que la vida no es ni puro sueño, ni pura realidad, sino una extraña mixtura entre ambas que constantemente nos impulsa a avanzar, pero resguardando y protegiendo lo que hemos construido en el camino. De ahí
que lo primero que siempre me ha sorprendido y admirado en esta obra
es esa formidable potencia de verdad que se encuentra en la palabra
de Cervantes, “Las historias fingidas tanto tienen de buenas
y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della,
y las verdaderas tanto son mejores cuanto son mas verdaderas”.
Eso es lo que hizo de Cervantes el inventor de la novela moderna y
de ahí viene también su capacidad de mirarse a sí
mismo y al mundo cara a cara, con una sabiduría que supera
toda falsa modestia, pero a la vez, toda soberbia. Esto fue sin dudas
una de las características de la personalidad de Miguel de
Cervantes, que él supo trasladar a su obra máxima, pero
que por estar también presente entre otros grandes artistas
españoles, como los pintores Velásquez y Goya o los
escritores Calderón de la Barca y Lope de Vega, o, más
cerca nuestro, el propio Unamuno que he citado, podemos con toda justicia
atribuirla a nuestra herencia hispánica. Una demostración
de este espíritu en Cervantes es el famoso párrafo del
prólogo de sus “Novelas Ejemplares” en el que él
se retrata a sí mismo. Allí encontramos vuelta hacia
sí mismo esa misma ironía que despliega con tanta frescura
en su obra máxima, una simpatía y una decisión
de verdad sin concesiones que no encuentra igual en nuestra literatura
española: "Éste que veis aquí, de rostro
aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada,
de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas
de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes
grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos,
porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor
puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros;
el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color
viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy
ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La
Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del
Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino,
y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá,
sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente
Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco
y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades.
Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de
un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por
hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión
que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando
debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra,
Carlo Quinto, de felice memoria". Pero no vamos a agotar todas las significaciones posibles que pueden encontrarse en el Quijote. Las lecturas son múltiples como lo demostrará esta iniciativa que hoy día inauguramos. Se trataba simplemente de entregar algunas ideas que den inicio a estas jornadas, ideas que siempre serán discutibles. Pero justamente en ello reside la grandeza de este libro, que atraviesa los siglos sin agotarse jamás, quedando siempre abierto ante nosotros. El Quijote es uno de los libros esenciales de nuestra cultura y quizás el principal. Su lectura es una tarea de todos. Leerlo es leernos. La lectura es la forma fundamental de apropiarnos de nuestra cultura y de nuestro pasado. Por eso a él volveremos como estamos ahora volviendo. Lo importante es que nunca perdamos de vista donde están nuestros verdaderos orígenes y hacia donde debemos volver la mirada cuando se trata de elevar sueños verdaderos, como, por ejemplo, el sueño de un país en el que este libro se lea masivamente y en el que la cultura sea protagonista fundamental del desarrollo para que nuestra nación no solo sea más próspera sino también más libre, más creativa, más imaginativa, y más respetuosa de los valores humanistas. Tal vez este sea un sueño quijotesco, pero lo importante es no dejarse amilanar por las consideraciones demasiado realistas que a veces nos dificultan el camino y nos desmovilizan. Como el propio Quijote nos ha enseñado, no hay que cejar jamás en el intento de ir más allá de lo que hemos logrado, porque es en esa decisión y en esa voluntad donde se encuentra el sentido de nuestra vida como individuos y como nación. Como él mismo lo dice: “Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible”. Ojalá que estas jornadas sean también, a través del Quijote, una ocasión para reforzar nuestros lazos espirituales con España. Si el Quijote está tan cerca nuestro es porque lo llevamos con nosotros, porque forma parte esencial de nuestra identidad y porque a través de él se proyecta lo que somos y seremos. Nada más urgente hoy día en este mundo globalizado en que vivimos, que reforzar estas señales de identidad hispanoamericana. Volvamos a buscar una vez más en este pozo inagotable de humanidad, humor, poesía y belleza que nos entregó Cervantes, nuestros propios horizontes y valores, para que seamos capaces de hacer resonar en el mundo, tal como lo logró Cervantes en el Quijote, los ecos del alma profunda de todos nuestros pueblos. Muchas
gracias. |